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jueves, 10 de marzo de 2016

LA CASA DE LOS ESPÍRITUS, Isabel Allende

      -Hágame el favor, señor, métase allí y páseme una cabeza de señora que va a encontrar -pidió al chofer.

      Él se arrastró debajo de los espinos y encontró la cabeza de Nívea que parecía un melón solitario. La tomó del pelo y salió con ella gateando a cuatro patas. Mientras el hombre vomitaba apoyado en un árbol cercano, Férula y Clara le limpiaron a Nívea la tierra y los guijarros que se le habían metido por las orejas, la nariz y la boca y le acomodaron el pelo, que se le había desbaratado un poco, pero no pudieron cerrarle los ojos. La envolvieron en un chal y regresaron al coche.

      -¡Apúrese, señor, porque creo que voy a dar a luz! -dijo Clara al chofer.

      Llegaron justo a tiempo para acomodar a la madre en su cama. Férula se afanó con los preparativos mientras iba un sirviente a buscar al doctor Cuevas y a la comadrona. Clara, que con el vapuleo del coche, las emociones de los últimos días y las pócimas del médico había adquirido la facilidad para dar a luz que no tuvo con su primera hija, apretó los dientes, se sujetó del palo de mesana y del trinquete del velero y se dio a la tarea de echar al mundo en el agua mansa de la seda azul, a Jaime y Nicolás, que nacieron precipitadamente, ante la mirada atenta de su abuela, cuyos ojos continuaban abiertos observándolos desde la cómoda. Férula los agarró por turnos del mechón de pelo húmedo que les coronaba la nuca y los ayudó a salir a tirones con la experiencia adquirida viendo nacer potrillos y terneros en Las Tres Marías. Antes que llegaran el médico y la comadrona, ocultó debajo de la cama la cabeza de Nívea, para evitar engorrosas explicaciones. Cuando éstos llegaron, tuvieron muy poco que hacer, porque la madre descansaba tranquila y los niños, minúsculos como sietemesinos, pero con todas sus partes enteras y en buen estado, dormían en brazos de su extenuada tía.


      La cabeza de Nívea se convirtió en un problema, porque no había donde ponerla para no estar viéndola. Por fin Férula la colocó dentro de una sombrerera de cuero envuelta en unos trapos. Discutieron la posibilidad de enterrarla como Dios manda, pero habría sido un papeleo interminable conseguir que abrieran la tumba para incluir lo que faltaba y, por otra parte, temían el escándalo si se hacía pública la forma en que Clara la había encontrado donde los sabuesos fracasaron. Esteban Trueba, temeroso del ridículo como siempre fue, optó por una solución que no diera argumentos a las malas lenguas, porque sabía que el extraño comportamiento de su mujer era el blanco de los chismes.


"EL AMANTE BILINGÜE", Juan Marsé

   
     -Grrrr.... 
  - ¡Muy bonito, hombre! –dijo el otro pasajero, un señor alto y magro-. Lo que faltaba. 
    - Disculpe. 
   - ¿Le parece bonito? –insistió el hombre. 
    - Me siento mal. 
    - Habérselo pensado antes. 
    - ¿El qué? 
    El pasajero tardó un poco en responder. 
    - Yo ya me entiendo –dijo por fin, implacable-. Si uno se siente mal y además está borracho, lo mejor es no subir al autobús. 
    Marés le dio la espalda y vomitó (de nuevo) contra el cristal. Viajó por la avinguda de Pedralbes mirando la noche a través del vómito: luces y lentejas resbalando sobre el cristal. Parece mentira –gruñó el pasajero-, deberían hacerle limpiar eso. Tiene usted razón, señor. Se dejó resbalar él también en su rincón y se instaló sobre sus vómitos. Ya no puedo caer más bajo, se dijo. El pasajero le observaba con una mezcla de conmiseración y de asco, limpiándose los labios con un pañuelo, como si hubiese arrojado él, y no Marés. 

 (……) 

     Se despertó de madrugada a causa de una pesadilla recurrente en la que llamaba a Marés con desespero, instándole urgentemente a que comprara una fregona y un limpiacristales. Sintió náuseas y poco después se encontraba vomitando en el retrete. Cuando terminó de vomitar, se sentó en la tapa del wáter dispuesto a reflexionar un rato sobre su destino. No se le ocurrió nada. Al tirar de la cadena del wáter advirtió que estaba roto el bote sinfónico del depósito, oyó el estruendo del agua, tiró con más fuerza y rompió la cadena. 
     - ¡Vaya! –dijo-. Este manazas de Marés...



miércoles, 2 de marzo de 2016

"LOS PILARES DE LA TIERRA", Ken Follet


      “Tom se inclinó sobre la mesa y habló en voz baja.
      - Dicen que eres una fornicadora –le confesó, esperando que nadie más pudiera oírle.
      - ¿Una fornicadora? –dijo Ellen en voz alta-. ¿Y qué me dices de ti? ¿Acaso esos monjes no saben que para fornicar se necesitan dos?
      Los que estaban sentados cercad de ellos se echaron a reír.
      - ¡Chis! –dijo Tom-. Dicen que tenemos que casarnos.
      Ellen lo miró fijamente.
      - Si eso fuera todo no tendrías esa cara de pocos amigos, Tom. Cuéntame el resto.
      - Quieren que confieses tu pecado.
      - Pervertidos hipócritas –masculló Ellen, asqueada-. Se pasan toda la noche dándose por culo unos a otros y tienen la desfachatez de llamar pecado a lo que hacemos nosotros.
      Se recrudecieron las risas. La gente dejó de hablar para escuchar a Ellen.
      - Baja la voz –le suplicó Tom.
      - Supongo que también querrán que haga penitencia. La humillación forma parte de todo ello. ¿Qué quieren que haga? Vamos, dime la verdad, no puedes mentir a una bruja.
      - ¡No digas eso! –dijo Tom entre dientes-. No harás más que empeorar las cosas.
      - Entonces dímelo.
      - Tendremos que vivir separados durante un año, y tú deberás mantenerte casta...
      - ¡Me meo en ellos! –gritó Ellen.
      Ahora ya todo el mundotes miraba.
      - ¡Y me meo en ti, Tom! –prosiguió Ellen, que se había dado cuenta de que tenía público-. ¡Y también me meo en todos vosotros! –añadió. La mayoría de la gente sonreía. Resultaba difícil ofenderse, tal vez porque estaba encantadora con la cara encendida y los ojos dorados tan abiertos. Se puso en pie-. ¡Y me meo en el priorato de Kingsbridge! –Se subió a la mesa de un salto y recibió una ovación. Empezó a pasear por ella. Los comensales apartaban precipitadamente de su camino los cazos de sopa, y volvían a sentarse, riendo-. ¡Me meo en el prior! –exclamó-. ¡Me meo en el subprior y en el sacristán, en el cantor, en el tesorero y en todas sus escrituras y cartas de privilegios, y en sus cofres llenos de peniques de plata! –Había llegado al final de la mesa. Cerca de ella había otra mesa más pequeña donde solía sentarse alguien para leer en voz alta mientras comían los monjes. Sobre ella había un libro abierto. Ellen saltó a la otra mesa.
      De repente, Tom se dio cuenta de lo que iba a hacer.
      - ¡Ellen! –clamó-. No lo hagas, por favor...!
      - ¡Me meo en la regla de San Benito! –dijo ella a voz en cuello. Luego se recogió las faldas, dobló las rodillas y orinó sobre el libro abierto.
      Los hombres se rieron estrepitosamente, golpearon sobre las mesas, patearon, silbaron y vitorearon. Tom no estaba seguro de si compartían el desprecio de Ellen por la regla de San Benito o sencillamente estaban disfrutando viendo exhibirse a una mujer hermosa. Había algo erótico en su desvergonzada vulgaridad, pero también resultaba excitante ver a alguien burlarse del libro hacia el que los monjes se mostraban tan tediosamente solemnes. Fuera cual fuere la razón, aquello les había encantado.
      Ellen saltó al suelo y echó a correr hacia la puerta entre nutridos aplausos.”


lunes, 29 de febrero de 2016

"ALACRANES EN SU TINTA", Juan Bas


       “Sólo conservo del crescendo de la multiintoxicación flashes visuales y algunas impresiones: cuando quise ir a mear, me equivoqué de puerta y entré a un sitio que debía servir de almacén o depósito de cadáveres, en tinieblas, donde me tocó la cara algo que podían ser telarañas y otro elemento, pulposo, de origen desconocido y tal vez numeroso; Lon Chaney en pleno delirio romántico, bebiendo pis en la botorra chiruca de una de las arpías; Asti sacándole las inmensas tetazas del escote a su camarada y chupándoselas con fruición: efectivamente, los pezones eran como mandos de televisión antigua; cuando por fin atiné con el retrete, pero me encontré en él a dos de las ninfas atareadas con sus respectivas llagas –no pude aguantar más, oriné en el desportillado lavabo y ahogué a una cucaracha-; otra de las arpías, desnuda de cintura para abajo, velluda como un oso, que danzaba -¡al ritmo de las canciones de Mari Trini!- a medio camino entre el ballet y el cancán y realizó un grand écart que, como en el chiste clásico, la dejó pegada por succión a las baldosas del suelo que no conocía fregona; Asti levantando por encima de la cabeza a Lon Chaney y arrojándola por detrás de la barra; Milo con el cipotín tieso, atendido por otra de las guarras; la gorda desnuda por Asti y desparramada sobre la barra como la montaña mágica tras una carga de dinamita; Lon Chaney que, sorpresas de la vida, bajo el sudario escondía un cuerpo con tetillas de perra pero grupa más que aceptable, dejándose lamer el despelujado higo por la menos fea, que guardaba una sorpresa dentro del pantalón de pocero y después la enculó contra la pared; Asti en pelota con unas bragas de leopardo en la cabeza que parecían el pellejo completo del animal, encaramado a la gorda y follándola furiosamente no más de los sesenta segundos canónicos a pesar de la carga que llevaba encima...”




sábado, 16 de febrero de 2013

“EL SEÑOR DE LOS ANILLOS”, J.R.R.Tolkien


      “- Lo lamento –dijo Frodo-; estoy asustado y no siento ninguna lástima por Gollum.
      - No lo has visto –interrumpió Gandalf.
      - No, y no quiero verlo –replicó Frodo-. No puedo entenderte. ¿Quieres decir que tú y los Elfos habéis dejado que siguiera vivo después de todas esas horribles hazañas? Ahora, de cualquier modo, es tan malo como un orco, y además un enemigo. Merece la muerte.
      - La merece, sin duda. Muchos de los que viven merecen morir, y algunos de los que mueren merecen la vida. ¿Puedes devolver la vida? Entonces no te apresures a dispensar la muerte, pues ni el más sabio conoce el fin de todos los caminos.”



“EL HOBBIT”, de J.R.R.Tolkien


            “Allí efectivamente yacía Thorin Escudo de Roble, herido de muchas heridas, y la armadura abollada y el hacha mellada estaban junto a él, en el suelo. Alzó los ojos cuando Bilbo se le acercó.
            - Adios, buen ladrón –dijo-. Parto ahora hacia los salones de espera a sentarme al lado de mis padres, hasta que el mundo sea renovado. Ya que hoy dejo todo el oro y la plata, y voy a donde tienen poco valor, deseo partir en amistad contigo, y me retracto de mis palabras y hechos ante la Puerta.
            Bilbo hincó una rodilla, ahogada por la pena.
            - ¡Adios, Rey bajo la Montaña! –dijo-. Es ésta una amarga aventura, si ha de terminar así; y ni una montaña de oro podría enmendarla. Con todo, me alegro de haber compartido tus peligros: ha sido más de lo que cualquier Bolsón hubiera podido merecer.
            - ¡No! –dijo Thorin-. Hay en ti muchas virtudes que tú mismo ignoras, hijo del bondadoso Oeste. Algo de coraje y algo de sabiduría, mezclados con mesura. Si muchos de nosotros dieran más valor a la comida, la alegría y las canciones que al oro atesorado, éste sería un mundo más feliz. Pero triste o alegre, ahora he de abandonarlo. ¡Adios!
            Entonces Bilbo se volvió y se fue solo.”



jueves, 20 de septiembre de 2012

“EL CONTENIDO DEL SILENCIO”, de Lucía Extebarría



      “Después se enredaron manos, dedos, piernas, brazos, lenguas, todo con una urgencia salvaje. Las yemas de los dedos acariciaban su cuerpo como si estuvieran definiéndolo, trazando sus límites con el mundo exterior. El reprimía un sufrimiento muy intenso en el que no se hundía, sino que, por el contrario, soportaba con todas las fuerzas que le quedaban, al borde de la experiencia culminante que sería la felicidad. Increíble que en aquel grado extremo de desolación y ansiedad, a punto de tocar fondo y de trasponer límites, el cuerpo pudiera aún responder y desear. Y, cuando acariciaba los rizos sedosos y castaños y se abría paso con el dedo índice en el sexo húmedo y tibio que se separaba y le llamaba, comprendía perfectamente por qué ella le deseaba precisamente entonces y no antes, por qué le estaba usando, en busca de un asidero que le permitiera sobrevivir hasta la mañana siguiente, en busca, quién sabe, de liberación o de restitución, y por qué él se dejaba usar: porque existe un grado extremo del sufrimiento en el que pierden sentido todas las nociones lógicas, y en el que lo único que importa es cómo va uno a superar el altísimo muro erizado de cristales en que la noche puede convertirse, gracias a qué extraña y poderosa alquimia seguirá palpitando el pulso de la sangre, cómo se contraerán y se expanderán los pulmones para inhalar y exhalar aire, y si esa magia se concreta en un cuerpo cercano todo vale, y él sentía que toda aquella situación le sobrepasaba y le desbordaba, y sabía que la certeza de la desaparición había abierto diques y derribado murallas, y que ambos eran como dos náufragos que se aferraban  desesperadamente el uno al otro.

sábado, 11 de febrero de 2012

“DE QUÉ HABLO CUANDO HABLO DE CORRER”, de Haruki Murakami


         “No existe en ninguna parte del mundo real nada tan bello como las fantasías que alberga quien ha perdido la cordura.”

(……)
      “Los músculos son como animales de carga dotados de buena memoria. Si los vas cargando gradualmente y con mucho cuidado, los músculos se van adaptando de manera natural para resisir esa carga. (……) Pero, si dejas pasar unos días seguidos sin hacerles trabajar, automáticamente piensan “¿Cómo? ¿Ya no tenemos que esforzarnos hasta ese punto? ¡Uf, qué bien!”, y van bajando el listón.”

(……)
      “Para mí, correr a diario es vital, de modo que no puedo aflojar o dejarlo sólo porque estoy ocupado. Si tuviera que dejar de correr solo porque estoy ocupado, sin duda no podría correr en mi vida. Y es que razones para seguir corriendo no hay más que unas pocas, pero, si es para dejarlo, hay para llenar un tráiler.”

(……)

      “Es mi cuerpo el que me insta espontáneamente a salir a correr. (……) Los tiempos no me preocupan. A estas alturas, estoy seguro de que, por mucho que me esfuerce, ya no conseguiré correr como antaño, cosa que aceptaré sin reparos. No me resulta agradable, pero es lo que tiene envejecer. Del mismo modo que yo desempeño mi papel, el tiempo desempeña el suyo. Y este lo hace con mucha mayor fidelidad y precisión que yo.”



viernes, 18 de noviembre de 2011

“LEAVING LAS VEGAS”, de John O’Brien.


      “ El tiempo se ha convertido en algo muy importante para él, mucho más de lo que era cuando tenía un trabajo. Demasiadas veces ha despertado a las tres de la madrugada, tras haber perdido el conocimiento la noche anterior, y se ha encontrado con que no había ni una sola gota de alcohol en casa. Ha sentido que el pánico aumentaba en progresión geométrica conforme el correr de los minutos le marcaba la eternidad existente entre él y el mundo legalmente húmedo de las seis de la mañana. Sus bien dispuestas reservas de alcohol, que lo ayudarían a cruzar la tundra de dos a seis, a menudo se consumían a ciegas desde el abismo, después de que él hubiese cruzado la frontera de toda planificación cuidadosa. En una ocasión renunció a la espera y se fue corriendo al supermercado abierto toda la noche, donde se sintió agradecido por el privilegio de haber pagado un sobreprecio por una botella tamaño familiar de colutorio bucal. Ocho minutos más tarde, con el coche aparcado delante de su apartamento, la botella estaba medio vacía y él ya había empezado a calmarse. Apagó el motor del coche, detuvo la combustión interna.
             Así pues, su vida está marcada por los límites impuestos por la ley y las banderas rojas de las costumbres.

(……)

            - Hola –dice ella, y le besa la mejilla sudorosa. Al advertir el estado en que se encuentra, vuelve a su faena en la cocina. A su juicio es una escena demasiado desoladora para mirarla-. Probablemente no quieres oír hablar de ello ahora mismo, pero he comprado arroz. He pensado que podrías comer un poco. Así que si más tarde tienes hambre dímelo y te lo prepararé enseguida.
            Se vuelve hacia él sonriendo, con la mano en la cadera, en una burlona parodia de su papel de ama de casa.
            - De acuerdo –murmura él-. Voy al baño. Tomaré una ducha –añade, y sale tambaleándose de la cocina, con un litro de vodka en cada mano.
            Es un atardecer extraño y nuboso en Las Vegas, y la luz difusa del sol se ve aún más enturbiada por la ventanita traslúcida del lavabo. Como tiene las palmas sudadas le resulta difícil coger la botella de vodka por el cuello, pero con las dos manos puede beber y dejar luego la botella sin ningún incidente. Inclinado sobre el lavabo, aferrado a la fría porcelana, vomita de inmediato, tal como había previsto, y lo intenta otra vez. Hasta que no abre la segunda botella no es capaz de conservar nada en el estómago. Cinco minutos más tarde ya se mantiene en pie con mayor firmeza y se las arregla para darse una ducha rápida, interrumpida de vez en cuando por tragos escrupulosamente espaciados. Treinta minutos después de entrar en el baño, sale con las dos botellas vacías y se siente lo bastante bien como para sonreír y dispuesto para su primera bebida del día.”





jueves, 17 de noviembre de 2011

"EL AMANTE LESBIANO", de José Luis Sanpedro


      “- ¡El desprecio!...- rechaza mi padre con la voz más desdeñosa imaginable-. El desprecio lo temen los poderosos porque les debilita; ellos prefieren ser odiados porque eso es reconocer su fuerza. Los débiles nos confirmamos en ese desprecio ajeno porque es nuestra identidad. “El que se humilla será ensalzado”, lo dicen hasta los que necesitan dios, y es que al instalado en la sumisión no se le puede rebajar más.
      - No comprendo- me atrevo a interrumpirle.
      Me contempla benévolo:
      - Me extraña, con la vida que has llevado. Cuando el sumiso se encara con el fuerte, retándole a que le degrade, y el fuerte reacciona maltratando y humillando, hace precisamente lo que desea el sumiso. Es decir, le obedece, se convierte en su instrumento, aunque crea estar dominando…Mientras no te desprecies a ti mismo, ríete del desprecio ajeno y vive según tu propia verdad.”


martes, 15 de noviembre de 2011

“EXHIBICIÓN IMPÚDICA”, de Tom Sharpe.


            “Verkramp dijo que no le sorprendía lo más mínimo. Mientras comían, la doctora von Blimenstein le explicó que era precisamente una forma modificada de la terapia de aversión la que pensaba aplicar a los policías de Piemburgo implicados en casos de mestizaje. Verkramp tenía la mente un poco embotada por la ginebra y el vino y no acababa de entender.
      - No entiendo la…-empezó a decir.
      - Mujeres negras desnudas –dijo la doctora, sonriendo a su carne a la brasa-. Proyectar diapositivas de mujeres negras desnudas y administrar una descarga eléctrica al mismo tiempo.
Verkramp la miró con franca admiración.     
      - Ingenioso –dijo-. Maravilloso. Es usted un genio –la doctora von Blimenstein sonrió bobaliconamente.
 
(……)

      El peligro de que Sudáfrica se convirtiera en un país de gentes de color ya no asediaría a sus dirigentes blancos. Con la doctora von Blimenstein a su lado, Verkramp instalaría por todo el territorio clínicas en las que los blancos pervertidos se curaran de sus deseos de mujeres negras mediante la terapia de la aversión. Se inclinó hacia la mesa, hacia los encantadores senos de la doctora y le cogió una mano.     
      - La amo a usted –dijo sencillamente.

(……)

      …el Luitenant Verkramp se concentró en la campaña contra los policías con tendencias al mestizaje, a la que en clave había dado el nombre de “Lavado Blanco”. Ateniéndose a las directrices del doctor Eysenck, había decidido probar con apomorfina y electrochoque y envió para ello al sargento Breitenbach a un farmacéutico mayorista con un pedido de cien jeringuillas y nueve litros de apomorfina.
      - ¿Nueve litros? –preguntó incrédulo el farmacéutico-. ¿Seguro que no se ha equivocado?
      - Seguro –dijo Breitenbach.
      - ¿Y cien jeringuillas? –preguntó el farmacéutico, que no podía dar crédito a sus oídos.
      - Eso dije –insistió el sargento.
      - Sé que lo dijo, pero es que me parece imposible. Dígame, en nombre de Dios, lo que se propone hacer con nueve litros de apomorfina.
      El sargento Breitenbach tenía ya instrucciones de Verkramp.
      - Es para curar a los alcohólicos.
      - ¡Válgame Dios! –dijo el farmacéutico-. No sabía que hubiera tal cantidad de alcohólicos en el país.
      - Se ponen malos con esto –le explicó el sargento.
      - Ya lo creo –murmuró el farmacéutico-. Y con nueve litros seguro que hasta se mueren. Y seguro que queda bloqueado todo el sistema de alcantarillado de la ciudad, además. 
(……)

            …Verkramp subió a inspeccionar las celdas dispuestas para el tratamiento. Había en cada una de ellas una cama situada frente a una pared encalada, y junto a la cama, en una mesita, un proyector. Sólo faltaban las diapositivas. Verkramp volvió a su despacho y llamó al sargento Breitenbach.
            - Vayan a Adamville con un par de furgones y tráiganse a unas cien negras –ordenó-. Procure que sean atractivas. Las trae aquí y que el fotógrafo les saque fotos en pelota…
            Así que el sargento Breitenbach se fue a Adamville, el barrio negro de Piemburgo, para cumplir lo que a primera vista parecía una orden muy simple, pero que en la práctica resultó bastante complicado.
            Cuando sus hombres consiguieron arrancar a unas doce chicas de sus hogares y meterlas en el furgón, se había congregado una multitud furiosa y toda la barriada estaba alborotada.
            - Devuélvannos a nuestras mujeres –gritaban.
            - Déjennos salir –gritaban las chicas del furgón. El sargento Breitenbach intentó explicarse.
            - Sólo queremos retratarlas desnudas –les dijo-. Es para evitar que los policías se acuesten con mujeres bantúes.
            Como explicación resultaba poco convincente. Como es lógico, la multitud creía que retratar a mujeres negras desnudas produciría precisamente le efecto contrario.
            - Dejen ya de violar a nuestras mujeres –gritaban los africanos.

(……)

            - ¿Quiere que vayan a por más? –preguntó
            - Claro. Con ésas no hay bastante –dijo Verkramp-. Que las fotografíen y las devuelvan. Ya se calmarán cuando vean que no las han violado.
            - Sí, señor –dijo el sargento, no muy convencido.
            Bajó al sótano, donde el fotógrafo de la policía tenía ciertas dificultades para conseguir que las chicas se estuvieran quietas. Al final, el sargento tuvo que sacar el revólver y amenazarlas con disparar si no cooperaban.
            La segunda visita a Adamville fue mucho peor que la primera. El tomar la sabia precaución de hacerse escoltar por cuatro carros blindados y algunas camionetas cargadas de agentes armados no sirvió de mucho. El sargento ordenó que dejaran salir a las chicas y dijo a la multitud enfurecida:
            - Como podéis ver no les ha pasado nada.
            Las chicas salieron atropelladamente de los furgones, desnudas y magulladas.
            - Amenazó con dispararnos –gritó una de ellas.
´           Siguió a estas palabras un tumulto y en el intento de coger a otras noventa chicas para someterlas al mismo tratamiento, la policía mató a cuatro africanos e hirió a doce. El sargento Breitenbach abandonó el escenario de la matanza con otras veinticinco mujeres y un corte encima del ojo izquierdo causado por una pedrada.
            - Malditos cabrones –dijo, mientras se alejaban; comentario éste que tendría funestas consecuencias para las veinticinco mujeres del segundo grupo, a quienes fotografiaron y violaron debidamente en la comisaría, antes de dejarlas en libertad para que volvieran por su cuenta a casa. Aquella noche, el jefe de policía en funciones, verkramp, comunicó a la prensa que habían resultado muertos cuatro africanos en una pelea tribal en Adamville. 
(……)

            -¿No es hora de empezar ya, señor? –dijo, dándole un suave codazo. El Luitenant se interrumpió.
            - Sí. Iniciemos el experimento.
            Los ”voluntarios” pasaron a las celdas; les hicieron desnudarse y ponerse las camisas de fuerza colocadas sobre las camas a modo de pijamas. Hubo a este respecto cierta dificultad y fue precisa la ayuda de algunos suboficiales para que uno o dos de los voluntarios más corpulentos se las pusieran. Pero al final los diez hombres quedaron atados y Verkramp llenó la primera jeringuilla de apomorfina.
            El sargento Breitenbach le contemplaba preocupado.
     - El médico dijo que mucho cuidado con la dosis –susurró-. Dijo que si sobrepasábamos los 3 cc podría morir alguno.
      - ¿No irá usted a acobardarse ahora, eh sargento? –le preguntó Verkramp. El voluntario miraba la aguja, desde la cama, con ojos desorbitados.
        - He cambiado de idea –gritó desesperado.
        - Vamos, no diga bobadas –dijo Verkramp-. Lo hacemos por su bien.
     -¿Por qué no probamos primero con un cafre? –preguntó el sargento Breitenbach-. Quiero decir que no estaría bien visto que muriera alguno de estos hombres, ¿no le parece?
            Verkramp lo pensó un momento.
         - Creo que tiene razón –dijo al fin.
            Bajaron a las celdas de la planta baja e inyectaron a algunos africanos detenidos por sospechosos cantidades diversas de apomorfina. Los resultados confirmaron plenamente los temores del sargento Breitenbach. Cuando el tercer negro entró en coma, verkramp empezó a preocuparse.
            - Es un material fuerte –admitió.
            - ¿No sería mejor limitarnos a las descargas eléctricas? –preguntó entonces el sargento.
            - Creo que sí –dijo Verkramp con tristeza. Esperaba lleno de ilusión el momento de poder inyectar a los voluntarios. Mandó al sargento a buscar al médico de la policía para que firmara los certificados de defunción y volvió a la planta superior. Comunicó a los cinco voluntarios que habían sido elegidos para el tratamiento de apomorfina que no se preocuparan.
            - En vez de inyectarles, les someteremos al electrochoque –les dijo, y conectó el proyector. En la pared del fondo de la habitación, apareció una mujer negra desnuda. Todos los voluntarios tuvieron una erección. Verkramp movió la cabeza.
            - Repugnante – musitó, uniendo el terminal de la máquina de electrochoques al glande del paciente con un trozo de esparadrapo-. Mire –explicó el sargento que se sentaba junto a la cama-, cada vez que cambie la diapositiva, le dará una descarga eléctrica así –y movió enérgicamente el mando del generador y el policía de la cama se retorció convulsivamente y chilló. Verkramp examinó entonces el pene del individuo y se quedó impresionado-. Ya ve usted cómo funciona –dijo, y cambió la diapositiva.

(……)

            Por fin mandó que le trajeran un catre y se acostó en el pasillo a descansar un poco.
            “Estoy exorcizando el mal”, pensó; e, imaginando un mundo sin lujuria, se quedó dormido."





“LEÓN BOCANEGRA”, de Alberto Vázquez Figueroa


     “- ¿Serías capaz de suicidarte?
      - Naturalmente –le respondió el cura.
      - Pero eso es pecado. Un pecado mortal.
      - El peor pecado es que alguien, sea quien sea, consienta en que tengamos que padecer lo que estamos padeciendo. O lo que yo he padecido en aquella salina. Quien consiente tal cosa no tiene derecho a esperar que se respeten sus leyes.
      - Suena a blasfemia.
      - Blasfemar constituye siempre el último recurso. Estoy cansado de huir y de esconderme; de vivir peor que la más miserable de las bestias; de pasar calor, hambre y sed. Y sobre todo de saber que me encuentro a miles de millas de mi mundo y no saber si algún día regresaré.”

(……)


     “- ¿Quién puede asegurar dónde se encuentra exactamente la salvación eterna? ¿Quién asegura que no es más lógico amar a Dios mientras se cazan monos en libertad, que mientras se corta caña encadenado? El odio a quien nos sojuzga puede conducir muy fácilmente al rechazo hacia quien tiene el poder de evitar tal vejación y sin embargo no hace nada por impedirlo.- Dijo el cura.
      - ¿Dios?
      - ¿Quién si no?
      - Extraño cura, a fe mía.
      - Hace años dejé de considerarme cura –puntualizó el mugriento anciano-. Ya no me siento cura, ni sacerdote, ni misionero, ni tan siquiera siervo de cristo.
      - En ese caso, ¿qué hace aquí?
      - ¡Y yo qué sé!”



“CIUDAD RAYADA”, de José Ángel Mañas


      “Pasé la noche muy inquieto. En algún momento abrí los faros. Estaba bañado en sudor, y Tula sobaba a mi lado. Me levanté en gayumbos, sin pensar en nada, y saqué la pipa de la mochila. Tula dormía muy tranquila, con el pelo revuelto cayendo sobre la almohada. No sé qué me vino a la cabeza, pero el caso es que me veo durante un tiempo que me pareció una eternidad encañonándola, mientras respiraba tranquilamente. Más tarde he pensado mucho sobre el flús de aquella noche y he llegado a la conclusión de que con los sentimientos ocurre como con las drogas: hay subidotes y bajones. Y lo que uno siente es algo que depende de lo que llevas dentro. Si estás chungo dentro, estás chungo con los demás, y no sabes hasta dónde vas a poder controlarlo. Es como si siempre estuviéramos en la cuerda floja. Así que he llegado a la conclusión de que uno nunca puede fiarse de sus emociones. Creo.”

lunes, 14 de noviembre de 2011

“LA HIJA DEL CANÍBAL”, de Rosa Montero


      “Resignación. Esa es la palabra de la gran derrota.
      La vida es un trayecto extenso y fatigoso. Es como un tren de largo recorrido que en ocasiones ha de atravesar regiones en guerra y territorios salvajes. Quiero decir que el camino está plagado de peligros y que el descarrilamiento es un accidente bastante común. Pero hay muchas maneras de perder el rumbo. Por ejemplo, uno puede irse directamente al infierno, como le pasó a Félix Roble durante algunos años. Otros, en cambio, no llegan a salirse de los raíles, sino que tan sólo van aminorando la velocidad, más y más despacio cada día, hasta que al fin se paran por completo y se quedan ahí, medio muertos de pasividad y de fracaso, oxidando la hojalata y las ideas bajo las inclemencias del tiempo.”



(……)

      “El cielo, si existe, debe ser un instante de sexo congelado. Hablo del sexo con amor, del apasionado encuentro con el otro. Si el sexo fuera una cuestión puramente carnal, no necesitaríamos a nadie: quién nos iba a atender mejor en nuestras necesidades que nuestra propia mano, quienes nos iban a conocer y querer más que esos cinco deditos aplicados. Si el onanismo no nos es suficiente es porque el sexo es otra cosa. Es salir de ti mismo. Es detener el tiempo. El sexo es un acto sobrehumano: la única ocasión en la que vencemos a la muerte. Fundidos con el otro y con el Todo, somos por un instante eternos e infinitos, polvo de estrellas y pata de cangrejo, magma incandescente y grano de azúcar. El cielo, si es que existe, sólo puede ser eso.”


“DON QUIJOTE DE LA MANCHA”, de Miguel de Cervantes.


      “- Sábete Sancho, que no es un hombre más que otro si no hace más que otro. Todas estas borrascas que nos suceden son señales de que presto ha de serenar el tiempo y han de sucedernos bien las cosas; porque no es posible que el mal ni el bien sean durables, y de aquí se sigue que, habiendo durado mucho el mal, el bien está ya cerca.”

                        (…)

      “- ¿Y quién le mató? – preguntó Don Quijote.
       - Dios, por medio de unas calenturas pestilentes que le dieron – respondió el Bachiller.
       - Desa suerte – dijo Don Quijote -, quitado me ha nuestro Señor del trabajo que había de tomar en vengar su muerte, si otro alguno le hubiera muerto; pero habiéndole muerto quien le mató, no hay sino callar y encoger los hombros, porque lo mesmo hiciera si a mí mismo me matara. Y quiero que sepa vuestra reverencia que yo soy caballero de la Mancha, llamado Don Quijote, y es mi oficio y ejercicio andar por el mundo enderezando tuertos y desfaciendo agravios.
       - No sé cómo pueda ser eso de enderezar tuertos – dijo el Bachiller -, pues a mí de derecho me habéis vuelto tuerto, dejándome una pierna quebrada, la cual no se verá derecha en todos los días de su vida; y el agravio que en mí habéis deshecho ha sido dejarme agraviado, de manera que me quedaré agraviado para siempre; y harta desventura ha sido topar con vos, que vais buscando aventuras.”


(…)

“…que puesto que aquello sea ficción poética, tiene en sí encerrados secretos morales dignos de ser advertidos, y entendidos, e imitados. Cuanto más que con lo que ahora pienso decirte acabarás de venir en conocimiento del gran error que quieres cometer. Dime, Anselmo, si el cielo, o la suerte buena, te hubiera hecho señor y legítimo posesor de un finísimo diamante, de cuya bondad y quilates estuviesen satisfechos cuantos lapidarios le viesen y que todos a una voz y de común parecer dijesen que llegaba en quilates, bondad y fineza a cuanto se podía extender la naturaleza de tal piedra, y tú mesmo lo creyeses así, sin saber otra cosa en contrario, ¿sería justo que te viniese en deseo de tomar aquel diamante, y ponerle entre un yunque y un martillo, y allí, a pura fuerza de golpes y brazos, probar si es tan duro y tan fino como dicen? Y más, si lo pusieses por obra; que, puesto caso que la piedra hiciese resistencia a tan necia prueba, no por eso se le añadiría más valor ni más fama; y si se rompiese, cosa que podría ser, ¿no se perdía todo? Sí, por cierto, dejando a su dueño en estimación de que todos le tengan por simple.
      Pues haz cuenta, Anselmo amigo, que Camila es finísimo diamante, así en tu estimación como en la ajena, y que no es razón ponerla en contingencia de que se quiebre, pues aunque se quede con su entereza, no puede subir a más valor del que ahora tiene; y si faltase y no resistiese, considera desde ahora cuál quedaría sin ella, y con cuánta razón te podrías quejar de ti mesmo, por haber sido causa de su perdición y la tuya. Mira que no hay joya en el mundo que tanto valga como la mujer casta y honrada, y que todo el honor de las mujeres consiste en la opinión buena que dellas se tiene; y pues la de tu esposa es tal, que llega al extremo de bondad que sabes, ¿para qué quieres poner esta verdad en duda? Mira, amigo, que la mujer es animal imperfecto, y que no se le han de poner embarazos donde tropiece y caiga, sino quitárselos y despejalle el camino de cualquier inconveniente, para que sin pesadumbre corra ligera a alcanzar la perfección que le falta, que consiste en el ser virtuosa.”


(…)


     “ - Bien puede vuestra merced, señor Triste Figura, dormir todo lo que quisiere, sin cuidado de matar a ningún gigante, ni de volver a la Princesa su reino; que ya todo está hecho y concluido.
      -Eso creo yo bien —respondió don Quijote—, porque he tenido con el gigante la más descomunal y desaforada batalla que pienso tener en todos los días de mí vida, y de un revés, ¡zas!, le derribé la cabeza en el suelo, y fue tanta la sangre que le salió, que los arroyos corrían por la tierra, como si fueran de agua.
      - Como si fueran de vino tinto, pudiera vuestra merced decir mejor —respondió Sancho—; porque quiero que sepa vuestra merced, si es que no lo sabe, que el gigante muerto es un cuero horadado; y la sangre, seis arrobas de vino tinto que encerraba en su vientre; y la cabeza cortada es.. .la puta que me parió, y llévelo todo Satanás.
      - Y ¿qué es lo que dices, loco? —replicó don Quijote—. ¿Estás en tu seso?
      - Levántese vuestra merced —dijo Sancho—, y verá el buen recado que ha hecho, y lo que tenemos que pagar, y verá a la Reina convertida en una dama particular, llamada Dorotea, con otros sucesos, que, si cae en ellos, le han de admirar.
      - No me maravillaría de nada de eso —replicó don Quijote—; porque, si bien te acuerdas, la otra vez que aquí es tuvimos te dijo yo que todo cuanto aquí sucedía eran cosas de encantamento, y no sería mucho que ahora fuese lo mesmo.”


(…)

      “- Hallemos primero una por una el alcázar –replicó don Quijote-; que entonces yo te diré, Sancho, lo que será bien que hagamos. Y advierte, Sancho, que yo veo poco, o que aquel bulto grande y sombra que desde aquí se descubre la debe de hacer el palacio de Dulcinea.
      - Pues guíe vuesa merced –respondió Sancho-; quizá será así; aunque yo lo veré con los ojos y tocaré con las manos, y así lo creeré yo como creer que es ahora de día.
      Guió Don Quijote, y habiendo andado como doscientos pasos, dio con el bulto que hacía la sombra, y vio una gran torre. Y luego conoció que el tal edificio no era alcázar, sino la iglesia principal del pueblo. Y dijo:
      - Con la iglesia hemos dado, Sancho.”



“PEQUEÑAS INFAMIAS”, de Carmen Posadas.


      “Recordó el tacto húmedo de su tierna boca y luego un sabor metálico, mezcla de cobre con estaño quizá. ¿Iré bien?, pensaba Karen. Veamos, más profunda la lengua, tanto que por un momento creyó que iba a rozarle la campanilla. Sin embargo, corrigió el rumbo justo a tiempo, prefiriendo pasar la punta sobre los perfectos dientes de Chloe: molares, premolares, caninos, incisivos; un beso demasiado detergente, se dijo, minucioso en extremo y de una precisión poco romántica, pero ¿cómo demonios se besa a una chica que lleva un piercing en la lengua y otro en el labio inferior?”




"JUDIT, 16: 7-11"

El señor todopoderoso los aniquiló
por mano de una mujer.
Que no fue derribado su caudillo
por jóvenes guerreros,
ni le hirieron los hijos de titanes,
ni soberbios gigantes le vencieron.
Sino que fue Judit, hija de Merarí,
quien le paralizó con la hermosura de su rostro.
Se despojó de su ropa de viuda
por amor a los cautivos de Israel.
Ungió su rostro con perfumes,
vistió de lino para seducirle,
prendió la mitra en sus cabellos.




“AMOR, CURIOSIDAD, PROZAC Y DUDAS”, de Lucía Etxebarría


   “ Hasta ahora no había caído en la cuenta de que me sobra tanto tiempo, y creía que la casa no me dejaba un minuto libre, y lo creía de verdad, estaba tan convencida de eso como de pequeña, con las monjas, lo estaba de que Dios existía; pero ahora sé que el trabajo de la casa no es tan absorbente, y tampoco estoy muy segura de que exista Dios, y si existe, que ya no lo sé, desde luego no se preocupa mucho por ninguno de nosotros. Es más fácil creer en Dios cuando eres pequeña y la vida se limita a ir y venir del colegio y jugar con tus muñecas. Luego de mayor, cuando ves todas las cosas malas que hay en el mundo, ya no te resulta tan fácil eso de ser católica, y por muy bonitas que sean las estatuas de la Virgen con su manto azul y su corona de estrellas y las flores de mayo, no sé, como que se te pasa. Me parece que yo dejé de creer a los doce años. Yo era buena, era una buena chica, sigo siéndolo, y Dios no tenía ninguna razón para tratarme mal.”


“LOS TIPOS DUROS NO BAILAN”, de Norman Mailer


      “Cada pelo es precioso e individual, y tiene una función definida en el conjunto: rubio hasta resultar invisible donde muslo y vientre se unen, oscuro hasta hacerse opaco donde los tiernos labios piden protección, robusto y vigoroso como las barbas de un guardabosques bajo la curva de la barriga, oscuro y ralo como las patillas de un Maquiavelo donde el perineo se repliega en busca del ano. Mi coño se transforma según la hora del día y la malla de mis bragas. Y tiene sus satélites: esa caprichosa línea de vello que asciende hasta mi ombligo, y la que se introduce en mi ano, la suave pelambrera que tapiza el interior de mis muslos, la brillante pelusa que adorna la hendidura de mi trasero. Ámbar, ébano, pardo, rojizo, laurel, castaño, canela, avellana, gamuza, tabaco, alheña, bronce, platino, melocotón, ceniza, fuego y gris ratón: éstos son algunos de los colores de mi coño.”




“EL PREMIO”, de Manuel Vázquez Montalbán


      “Llevó Carvalho su secreta indignación calle del pardo abajo y su reojo quedó anclado en un mueble asomado al escaparate de un anticuario que se apellidaba Moore, como los medios volantes del Manchester United y un escultor de agujeros. El mueble que reclamaba la atención de carvalho era una vetusta mesa redonda con dos niveles, en el centro ocupada por finas jarras de cristal de La Granja decantadoras de vino y en el nivel inferior todo el redondel recorrido por círculos de los que colgaban las copas. Supo inmediatamente que era el mueble de su vida y conservó esta creencia hasta que una dama diseñada para vender antigüedades en plena juventud le dijo que aquella “table –wine” inglesa del siglo XVIII valía un millón seiscientas mil pesetas.
      - ¿Con las copas incluidas?- preguntó Carvalho sin poder contenerse a tiempo y mereciendo una sonrisa irónica de la dama, convencida de repente de que aquella mesa aún no tenía comprador. Carvalho se sintió ridículo en cuanto ya en la calle perdió la sonrisa de suficiencia astuta con que había acogido el precio de la mesa de su vida. Se te ha subido el vuelo en jet privado a la cabeza, se dijo, al tiempo que se volvía a la “table-wine” del escaparate y le advertía: Algún día volveré a por ti y escanciaré en tus jarras dos botellas de Rioja que conservo, que coinciden con mi añada. Me las tomaré a mi salud el mismo día en que me vaya a morir.”